[Aguarde unos segundos, se está quitando el polvo de este cuasi-escritorio...]
Día uno...
La inseguridad es mi primer jefe en este momento, ¿partiré? ¿me quedaré?, estaba muy seguro de querer organizar mi huida, pero en ningún momento mencioné concretar, tenía miedo, un miedo totalmente justificado y que quizá me hubiera salvado, pero eso ya no se puede pensar ahora, ya están las cartas en la mesa. Llegada la tarde, me conecté por "última" vez al mundo cibermierda que me tiene atrapado, para tener algunos argumentos más, me gusta actuar con seguridad, no confío en mis impulsos, para nada. La sorpresa apareció de espaldas a mi, no habían argumentos para la opción de mi consciente, me decepcioné un momento, y luego el puto orgullo me dominó. En cosa de horas estaba sentado en un paradero, solo, con muchas personas atrás, solo cuestionándome todo como siempre, en cosa de minutos arribó el bus que gatilló mis paranoias, por primera vez me pegué a la ventana imaginando cuanta cosa podía suceder, me invadió la ira, pero la supe despachar. Al concretar la primera parte del viaje, vino un deja vu, que me permitió guiarme más o menos a donde debía llegar, solo recordaba la destruida baranda del puente que cruza el río, pero con eso me bastó para pararme en la primera esquina, y darme cuenta que la gente que esperaba conmigo en esa esquina no esperaban un bus si no que una lucecita se prendiera de verde para dispararse entre las inmensas calles. Caminé hacia la baranda, y conseguí tomar el bus de receso. Llegué al terminal, un lugar que connota increíblemente las clases sociales, y me senté a la espera del mismo bus del cual hace unos minutos había descendido, por un capricho que no me explico. En todo momento sentía como mi miedo aumentaba, y que los hilos que me amarraban a la realidad se iban cortando, quedando a la espera de mi regreso, pero aún así dejando los nudos aferrados a mi. La primera sensación agradable que tuve fue el ver como la ciudad desaparecía, se hacia pequeña frente a mis ojos, pero en cosa de segundos desapareció, no era la ciudad lo que dejaba por tres días, era algo más, dejaba mi vida.
Viaje corto, sin detalles, vacío, oscuro.
Al llegar, me perdí en un mundo nuevo, las cosas ya no eran iguales desde mi última visita, en todo sentido, no había nadie en casa salvo quien me recibía, llegaron todos al cabo de una hora. Las cosas iban bien, estaba tranquilo, trataba de no prestar atención a mi desesperación, y de olvidar la ira, pero de momento sonó el aparatito que siempre llevo conmigo, para darme noticias nada alentadoras, y que desatarían el maldito calvario que viviría después. No pasaron cinco minutos, y ya estaba frente al mundo cibermierda, con más que el alma entre los brazos desgarrando la paz que venía de visita.
Mis impulsos me jugaron en contra, otra vez, perdí el control, y ahora pago las consecuencias. Dos horas más y llegó el primer fin.
La inseguridad es mi primer jefe en este momento, ¿partiré? ¿me quedaré?, estaba muy seguro de querer organizar mi huida, pero en ningún momento mencioné concretar, tenía miedo, un miedo totalmente justificado y que quizá me hubiera salvado, pero eso ya no se puede pensar ahora, ya están las cartas en la mesa. Llegada la tarde, me conecté por "última" vez al mundo cibermierda que me tiene atrapado, para tener algunos argumentos más, me gusta actuar con seguridad, no confío en mis impulsos, para nada. La sorpresa apareció de espaldas a mi, no habían argumentos para la opción de mi consciente, me decepcioné un momento, y luego el puto orgullo me dominó. En cosa de horas estaba sentado en un paradero, solo, con muchas personas atrás, solo cuestionándome todo como siempre, en cosa de minutos arribó el bus que gatilló mis paranoias, por primera vez me pegué a la ventana imaginando cuanta cosa podía suceder, me invadió la ira, pero la supe despachar. Al concretar la primera parte del viaje, vino un deja vu, que me permitió guiarme más o menos a donde debía llegar, solo recordaba la destruida baranda del puente que cruza el río, pero con eso me bastó para pararme en la primera esquina, y darme cuenta que la gente que esperaba conmigo en esa esquina no esperaban un bus si no que una lucecita se prendiera de verde para dispararse entre las inmensas calles. Caminé hacia la baranda, y conseguí tomar el bus de receso. Llegué al terminal, un lugar que connota increíblemente las clases sociales, y me senté a la espera del mismo bus del cual hace unos minutos había descendido, por un capricho que no me explico. En todo momento sentía como mi miedo aumentaba, y que los hilos que me amarraban a la realidad se iban cortando, quedando a la espera de mi regreso, pero aún así dejando los nudos aferrados a mi. La primera sensación agradable que tuve fue el ver como la ciudad desaparecía, se hacia pequeña frente a mis ojos, pero en cosa de segundos desapareció, no era la ciudad lo que dejaba por tres días, era algo más, dejaba mi vida.
Viaje corto, sin detalles, vacío, oscuro.
Al llegar, me perdí en un mundo nuevo, las cosas ya no eran iguales desde mi última visita, en todo sentido, no había nadie en casa salvo quien me recibía, llegaron todos al cabo de una hora. Las cosas iban bien, estaba tranquilo, trataba de no prestar atención a mi desesperación, y de olvidar la ira, pero de momento sonó el aparatito que siempre llevo conmigo, para darme noticias nada alentadoras, y que desatarían el maldito calvario que viviría después. No pasaron cinco minutos, y ya estaba frente al mundo cibermierda, con más que el alma entre los brazos desgarrando la paz que venía de visita.
Mis impulsos me jugaron en contra, otra vez, perdí el control, y ahora pago las consecuencias. Dos horas más y llegó el primer fin.
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